Rapeando

Atención: Este post no está recomendado para menores de 18 años. Su contenido puede provocar pesadillas, trastorno del sueño y desvaríos injustificados.

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Tardes de domingo, noches de enfermedad

Los domingos son un asco, los odio desde que era pequeña porque eran días en los que el mundo me parecía un lugar muy injusto en el que existían los lunes, el colegio, los deberes y esas teclas de la calculadora que nunca he llegado a entender. Pero la verdad es que con el paso de los años no han mejorado en absoluto. Y es que ahora que soy más mayor, aunque no más madura, dedico las últimas horas del fin de semana a valorar todas las enfermedades que se pueden tener en algún momento de la vida. Todo cortesía de ‘el que comparte mis días’.

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La pescadilla que se muerde la cola

No me gustan las pescadillas. Ni en sentido literal, ni figurado, ni aunque se reencarnen en lenguados (me ha salido un pareado). Y como parece que hoy estoy muy inspirada os voy a explicar el motivo. Vamos a ver, me imagino que no seré la única que buceando en el mar se ha encontrado alguna vez con una pescadilla, que vas tan tranquila y de repente aparece, con esos ojos de desconfianza absoluta hacia el genero humano. Y encima es un animal horroroso que se muerde la cola, que ya hay que estar tarado para morder tu propia cola teniendo millones de bichos nadando a tu alrededor. En fin, supongo que son animales masoquistas.

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La que carda la lana

Me encantan las manualidades. Me apasionan, vamos. Es ver una hoja y un bolígrafo y empezar a dibujar cosas sin sentido. Sin embargo, esta afición solo es heredada a medias. Mi abuela cose estupendamente y cuando era más joven se ganaba la vida diseñando ropa. Pero mi santa madre no se parece a su madre (ni a nadie que conozcamos). Y es que se podría decir que es una persona manualmente dependiente, es decir, que no es capaz de coser un botón sin que tenga que mediar la policía.

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Todo a 10 euros

A estas alturas no es un misterio que a mi santa madre le encanta gastar dinero. Y tampoco lo es que le da igual lo que compra, ella encuentra placer en el hecho de vaciar su cuenta corriente (es muy sencilla en sus aficiones). Pero no todo el campo es orégano. Y es que hay algo que a mi madre no le hace ilusión comprar: las cosas para la casa. De hecho, en mi familia hay una técnica milenaria que ha ido pasando de abuelos a nietos y que consiste en llevarla a ese tipo de sitios cuando le asaltan las ganas de gastar. La escena siempre es la misma. Ella llega, mira alrededor con cara de asco, te dice cosas como “ya no eres mi hija” y se da media vuelta.

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El descanso del guerrero

Antes de nada tengo que decir que yo no me considero excesivamente feminista, pero es innegable que ser mujer es muy bonito. Tiene ventajas como poder cambiar de humor todo el rato, echarte a llorar de repente sin que nadie se extrañe o variar tu forma de ver la vida cada medio minuto. En fin, cosas que a mí me vienen muy bien para justificar mis desequilibrios.

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La experiencia es un grado

Ayer me vi una cana. Así, de repente. Me miré al espejo mientras me alisaba el pelo (porque si me lo dejo a su aire se me queda como si fuera el último mohicano) y allí estaba: blanca, corta y de punta en mitad de la raya del pelo, que ya hay que tener mala suerte para que una cana aparezca justo en el centro de la cabeza y se quede tiesa como una antena de la TDT. Pero bueno, decidí no venirme abajo por una tontería como esa y me paseé todo el día como un pavo real por la calle pensando que la aparición de mi primera cana seguramente traería consigo muchas cosas buenas. Me imaginé a la gente mirándome mientras pensaba: “Se ve que es una persona muy sabia, tiene una cana” o “debe tener un trabajo importantísimo porque no tiene tiempo ni para teñirse la cana”. Hasta aquí todo muy bonito, como de cuento de Disney.

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